The Colombian peace agreement: bridging the gap between progress and promise

 

The signature of the final peace agreement this day four years ago, was one of the most remarkable moments of my five years as the European Union’s Special Envoy for the peace process in Colombia.  It has rightly been acclaimed as a historic achievement.  Bringing to an end over fifty years of conflict with 9 million victims is a huge accomplishment, but it does not happen overnight.  The signature is just the start.

It was the beginning of realising a dream of things not seen in the lifetime of most Colombians; the beginning of a long road to peace, equality, justice and freedom from fear and want.  At its heart, the peace agreement is about respecting, protecting and fulfilling human rights.  Every peace agreement needs people to give it power, by owning it and by getting involved.

 

This is why the support and solidarity of the international community has been consistent throughout the peace process.  We may be far away in Europe, but we too have suffered the hardship and horror of conflict, including two world wars.  We know that peacebuilding is hard work that can take generations.  So the European Union will continue to support peacebuilding in Colombia, for as long as it takes.

The Colombian peace agreement is often cited as a model around the world, because of its determination to address the issues that caused the conflict and its central focus on the rights and dignity of victims.  All parts need to be implemented in such a complex, innovative agreement, as they are bound together in dealing with the causes of the conflict.

Countless lives have been saved since the peace agreement has been signed; FARC has disarmed and transitioned to politics and, despite challenges and setbacks, the peace process in Colombia is seen internationally as a success story, a more stable country for investment, employment and tourism.

President Duque, and his Administration, has consistently reiterated to me his commitment to the implementation of the peace agreement.  So too has the FARC leadership.  We have seen good progress in the reincorporation process and on the PDETs and know there is considerable work being done in the regions.  The European Union is supporting these efforts and will continue to do so.

But there are many challenges and I know this year has been particularly difficult for many.  I would like to express my sincere condolences to all those who have lost loved ones during the Covid-19 pandemic, as well as in natural disasters in recent days.  The uncertainty and suffering of the pandemic and the tangible effects of climate change have been aggravated by tragic reminders that inequality and insecurity are still daily realities in some parts of the country.

Many of the provisions of the peace agreement will take time to realise; years not months.  And I recognise that is hard for many Colombians who have hungered for peace for so long.

Strengthening the presence of the State in conflicted affected areas is a work in progress and needs to happen faster.  Recent months have seen further violence, massacres of civilians and a deterioration in the humanitarian situation of local communities in some regions.  This illustrates the fragility of peace.  New cycles of violence can explode all too easily.   I am deeply concerned by the killings of social leaders, human rights defenders and ex-combatants since the agreement was signed.  Dialogue and working closely with civil society is the best way to find practical solutions to this serious and complex situation.

Victims are central to the agreement and to its implementation.  Restoration, reparation, reconciliation and reconstruction must be the focus not retribution or recrimination.  The Colombian transitional justice system seeks to ensure the pain of the past does not dominate the future.  It seeks to guarantee the rights of victims to truth, justice, reparation and non-repetition through an innovative mix of judicial and non-judicial mechanisms.  In just 3 years, the JEP has opened 7 macro-cases that would be challenging for any international or national justice system, due to the huge number of events, perpetrators and victims.  To reach the truth, the transitional justice system must ask some difficult questions and it important that all who have submitted to the system give a full account of what happened during the conflict.

It is clear all Colombians want peace.  But faced with problems, sometimes it is easy to retreat into a haven of talking only to people who share the same worldview, the same political outlook and never to challenge our assumptions.  Politics is a contest of ideas.  And in any healthy debate, different sides will prioritise different goals and different means of reaching them. But without some willingness to listen, we will keep talking past each other, making common ground impossible.

Peace does not compel us to make friends with our enemies, but it does require us to act.  That means supporting dialogue with those who disagree with us.  To truly achieve peace, the protection of human rights, respect and empathy must be our guide, even in the most difficult circumstances.  Peace is always an action, not just a promise.  As Martin Luther King once said: “human progress is neither automatic nor inevitable. Every step toward the goals requires sacrifice, suffering, and struggle; the tireless exertions and passionate concern of dedicated individuals.”

 

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Reduciendo la brecha entre progreso y promesa

 

La firma del acuerdo final de paz, hoy hace cuatro años, fue uno de los momentos más memorables en mis cinco años como Enviado Especial de la Unión Europea para el proceso de paz en Colombia. Ha sido aclamado, y con razón, como un logro histórico. Poner fin a más de cincuenta años de un conflicto con nueve millones de víctimas es un gran logro, pero no es algo que suceda de la noche a la mañana. La firma fue sólo el comienzo.

La firma del acuerdo final de paz, hoy hace cuatro años, fue uno de los momentos más memorables en mis cinco años como Enviado Especial de la Unión Europea para el proceso de paz en Colombia. Ha sido aclamado, y con razón, como un logro histórico. Poner fin a más de cincuenta años de un conflicto con nueve millones de víctimas es un gran logro, pero no es algo que suceda de la noche a la mañana. La firma fue sólo el comienzo.

Fue el comienzo de la realización de un sueño sobre cosas nunca vistas en la vida de la mayoría de las y los colombianos; el comienzo de un largo camino hacia la paz, la igualdad, la justicia y la liberación frente al miedo y la necesidad. En esencia, el acuerdo de paz trata sobre el respeto, la protección y el cumplimiento de los derechos humanos. Todo acuerdo de paz necesita ser empoderado por la gente, apropiándose de él e involucrándose con él.

Por eso, el apoyo y la solidaridad de la comunidad internacional ha sido consistente durante todo el proceso de paz. Puede que estemos muy lejos en Europa, pero también hemos sufrido las dificultades y el horror del conflicto, incluidas dos guerras mundiales.
Sabemos que la construcción de la paz es un trabajo arduo que puede llevar generaciones. Por lo tanto, la Unión Europea seguirá apoyando la construcción de la paz en Colombia, durante el tiempo que sea necesario.

El acuerdo de paz colombiano se cita a menudo como modelo alrededor del mundo, por su determinación para abordar las causas del conflicto y por su enfoque centrado en los derechos y la dignidad de las víctimas. En un acuerdo tan complejo e innovador, todos sus componentes deben ser implementados, ya que todos están vinculados para lidiar con las causas del conflicto.

Innumerables vidas se han salvado desde que se firmó el acuerdo de paz; las FARC se desarmaron y han hecho el tránsito a la política y, a pesar de desafíos y reveses, el proceso de paz en Colombia es visto internacionalmente como una historia de éxito, se ve un país más estable para la inversión, el empleo y el turismo.

El presidente Duque y su administración me han reiterado consistentemente su compromiso con la implementación del acuerdo de paz. También lo ha hecho el liderazgo de FARC. Hemos visto un buen progreso en el proceso de reincorporación y en los PDETs, y sabemos que se está haciendo un trabajo significativo en las regiones. La Unión Europea apoya estos esfuerzos y lo seguirá haciéndo.

Pero hay muchos desafíos y sé que este año ha sido particularmente difícil para muchas personas. Me gustaría expresar mi más sentido pésame a quienes han perdido a sus seres queridos durante la pandemia de covid-19, así como en los desastres naturales de los últimos días. La incertidumbre y el sufrimiento por la pandemia, así como por los efectos tangibles del cambio climático, se han visto agravados por trágicos recordatorios de que la desigualdad y la inseguridad siguen siendo realidades cotidianas en algunas partes del país.

Muchas de las disposiciones del acuerdo de paz tardarán en realizarse; años, no meses. Y reconozco que esto es difícil para muchas colombianas y colombianos que llevan tanto tiempo hambrientos de paz.

El fortalecimiento de la presencia del Estado en las áreas afectadas por el conflicto es un trabajo en curso, que necesita ser acelerado. En los últimos meses se ha visto más violencia, ha habido masacres de civiles y un deterioro de la situación humanitaria de las comunidades locales de algunas regiones. Esto ilustra la fragilidad de la paz. Nuevos ciclos de violencia pueden estallar con demasiada facilidad. Me preocupan profundamente los asesinatos de líderes y lideresas sociales, defensores de derechos humanos y excombatientes desde que se firmó el acuerdo. El diálogo y el trabajo en estrecha colaboración con la sociedad civil es la mejor manera de encontrar soluciones prácticas a esta grave y compleja situación.

Las víctimas son fundamentales para el acuerdo y su implementación. La restauración, reparación, reconciliación y reconstrucción deben ser el foco de atención, no la retribución o la recriminación. El sistema de justicia transicional colombiano busca asegurar que el dolor del pasado no domine el futuro. Busca garantizar los derechos de las víctimas a la verdad, la justicia, la reparación y la no repetición a través de una combinación innovadora de mecanismos judiciales y extrajudiciales. En sólo tres años, la JEP ha abierto siete macro-casos que serían un desafío para cualquier sistema de justicia internacional o nacional, debido a la gran cantidad de hechos, perpetradores y víctimas. Para llegar a la verdad, el sistema de justicia transicional debe hacer preguntas difíciles, y es importante que la totalidad de quienes se han sometido al sistema den un relato completo de lo sucedido durante el conflicto.

Está claro que todas y todos los colombianos desean la paz. Pero frente a problemas, a veces es fácil resguardarse en hablar únicamente con quienes comparten la misma visión del mundo, la misma perspectiva política y nunca desafiar nuestras propias suposiciones. La política es un certamen de ideas, y en todo sano debate las diferentes partes priorizan diferentes objetivos y diferentes medios para alcanzarlos. Pero sin algo de voluntad para escuchar, seguiremos entablando un diálogo de sordos, sin alcanzar nunca un terreno común.

La paz no nos obliga a hacernos amigos de nuestros enemigos, pero sí requiere que actuemos. Eso significa apoyar el diálogo con quienes no están de acuerdo con nosotros. Para lograr realmente la paz, la protección de los derechos humanos, el respeto y la empatía deben ser nuestra guía, incluso en las circunstancias más difíciles. La paz es siempre una acción, no sólo una promesa. Como dijo una vez Martin Luther King: “el progreso humano no es ni automático ni inevitable. Cada paso hacia la meta requiere sacrificio, sufrimiento y esfuerzo; el empeño incansable y la preocupación apasionada de individuos dedicados“.